Acabo de estar en el balneario trujillano "Buenos Aires", aprovechando el domingo, y como en las oportunidades anteriores en que he visitado el otrora hermoso balneario, en los últimos años la imagen es cada vez más patética y lamentable. Primero me embargó la rabia y luego cedió su sitio a la impotencia, así que, aguántense, hoy estoy muy triste.
No me remontaré a los tiempos gloriosos de Buenos Aires, en los que los mejores artistas del momento venían desde Lima para amenizar grandes bailes que se realizaban en el Casino “Morillas”, allá por los años 20 ó 30 (queda para el recuerdo la foto inmortal del famoso Grupo Bohemia, con Orrego, Vallejo y Haya, entre otros, que reproducimos aquí). Tampoco me iré hasta la época en que muchas familia trujillanas construían coquetas casas para disfrutar el sol veraniego, "lejos de la ciudad". Sólo me ceñiré a tiempos mucho más cercanos: cuando todavía se podía bajar caminando a la playa y jugar con los niños en la cálida arena, lejos de las olas, siendo el único peligro que de pronto un perro travieso se acercara a husmear, o le cayera a uno un pelotazo de quienes hacían su propio mundialito a la orilla del mar. Estamos hablando de 1990, por ejemplo, lo que es algo bastante reciente, aún para las generaciones jóvenes, que llegaron a caminar por el malecón mirando a los bañistas, disfrutando su cercanía a la ciudad, o a remojarse un rato en la orilla de sus frías aguas, quedando para los más osados en meterse al mar, por lo fuerte de su oleaje.
No me remontaré a los tiempos gloriosos de Buenos Aires, en los que los mejores artistas del momento venían desde Lima para amenizar grandes bailes que se realizaban en el Casino “Morillas”, allá por los años 20 ó 30 (queda para el recuerdo la foto inmortal del famoso Grupo Bohemia, con Orrego, Vallejo y Haya, entre otros, que reproducimos aquí). Tampoco me iré hasta la época en que muchas familia trujillanas construían coquetas casas para disfrutar el sol veraniego, "lejos de la ciudad". Sólo me ceñiré a tiempos mucho más cercanos: cuando todavía se podía bajar caminando a la playa y jugar con los niños en la cálida arena, lejos de las olas, siendo el único peligro que de pronto un perro travieso se acercara a husmear, o le cayera a uno un pelotazo de quienes hacían su propio mundialito a la orilla del mar. Estamos hablando de 1990, por ejemplo, lo que es algo bastante reciente, aún para las generaciones jóvenes, que llegaron a caminar por el malecón mirando a los bañistas, disfrutando su cercanía a la ciudad, o a remojarse un rato en la orilla de sus frías aguas, quedando para los más osados en meterse al mar, por lo fuerte de su oleaje.