15 de agosto de 2011

La elección de los 20 Blogs Peruanos en la recta final


Ya salió la lista de blogs nominados a concursar por los 20 blogs peruanos (saldrá uno de cada catogoría). Pueden verla en http://20blogs.pe/nominados-2011/ .

Es una selección muy particular, se pueden decir muchas cosas, pero al final ha sido una elección popular y libre. De hecho constituye una buena oportunidad para pasear por la blogesfera y ver qué hay.

Un abrazo fuerte a quienes generosamente nos dieron su voto, fue una experiencia interesante. Estaremos al tanto el próximo año para lanzarnos con más anticipación.

Saludos y los esperamos siempre en este rincón.

11 de agosto de 2011

¿Sabía que usted está expuesto a un bombardeo de radiación con cada tomografía?

Debido al reciente suceso en el que tuve un traumatismo de cabeza (encefalocraneano, para que suene más importante) del que puedes saber más en el post "La salud está para enfermarse", dos post debajo de éste, conversé con el neurocirujano que me atendió y, contra lo que me había advertido más de uno, no me indicó una tomografía. ¿Por qué? “Porque no la necesita y le haría un daño innecesario”, me dijo. Y he aquí que en mi ignorancia desconocía que una tomografía computarizada  emite una dosis de radiación equivalente a más de 100 radiografías de tórax (hay quienes manejan equivalencias de 600, dependiendo del tipo de radiografía). ¡What! Como lo lee. Yo me quedé de una pieza.

Muchos jóvenes tal vez no hayan escuchado nunca lo que sí escuchamos los adultos muchos años: “Cuidado con las radiografías, que pueden originar cáncer”.  Era un tema que a todos daba mucho respeto y por ello, pese a su necesidad como examen auxiliar para un diagnóstico, sólo se tomaba en caso estrictamente necesario. Sin embargo, el tiempo ha pasado, nos acostumbramos a la tecnología de radiación y hoy a nadie se le mueve una pestaña para sacarse una placa, sin embargo, ¡no puede actuarse igual  con una tomografía cuya potencia de radiación es mucho mayor!

¿Qué es lo que sucede? Aquí es donde entran las “coimisiones”, como dicen muchos. No sé cómo será en otros países, pero en el Perú los laboratorios y centros de diagnóstico que poseen estos servicios, otorgan un porcentaje a los galenos por cada análisis clínico que les derivan, sea de sangre, orina, rayos X, tomografía o resonancia magnética. ¡Y es ésa y no otra la razón por la cual al menor síntoma o probabilidad, por lejana que sea, le indican un examen que posiblemente no necesite y que, también posiblemente, le deje una secuela negativa en su salud que, años después se detectará mediante la tomografía número 3 o 4 que le saquen en su vida: la lesión cancerígena!

Parece una historia de terror, pero es real. En los hospitales y en las consultas privadas, todos recetan tomografías como quien dice tráeme un periódico del día, y ya es indignante que la dupla médico-laboratorio se aproveche del dinero de los pacientes, realizando pruebas innecesarias sólo por el lucro que hay de por medio, pero lo triste es que en este caso está también la salud en juego, pues, (no lo digo yo, lo dice la bibliografía, consulte los links al pie de este artículo)  “el hecho de tomar muchas radiografías o tomografías computarizadas con el tiempo puede aumentar el riesgo de cáncer. Resumiendo, si a usted  le toman a lo largo de un año 3  tomografías, es como si le hubieran tomado, como menos, 450 radiografías. Léalo bien. 450, con la posibilidad de que la equivalencia sea más, hasta  1800. ¿Se imagina lo que significa para su cuerpo haber estado expuesto 1800 veces a la radiación?

En Estados Unidos ya hay estudios al respecto pues consideran que el gran incremento en las muertes por cáncer tendrían relación directa con el abuso de una técnica de diagnóstico que es parte de un negocio multimillonario, que se lleva por delante nuestra vida y la de nuestros seres queridos.  En casos en que la potencialidad de información de una tomografía es necesaria, pues es justificado que se indique así, pero no lo es tratándose de lesiones menores, sin una gravedad que requiera diagnóstico radiológico, o en el caso de niños, que son  mucho más sensibles a la radiación y estarían siendo condenados a desarrollar un cáncer en el futuro.

La idea, en general, es que  el beneficio que se obtiene al poder realizar un mejor y/o más rápido diagnóstico gracias a la tomografía es más importante que el perjuicio que se ocasiona, y que esto es algo que determina el especialista con el conocimiento y la responsabilidad del caso, sin embargo, si hay dinero de por medio (y nadie puede decir que no es así pues es un secreto a voces)… ¿cómo podremos saber si verdaderamente es necesaria la utilización de este examen? Como diría el Chapulín Colorado… “ahora ¿quién podrá defendernos?”. La verdad sea dicha, con el cáncer no se debe jugar...

Según un estudio publicado en US Today y citado por  Clarin.com, la versión digital del diario argentino El Clarín, “el exceso de tomografías computadas que se hacen actualmente en los Estados Unidos podría causar 3 millones de casos de cáncer adicionales en ese país en las próximas tres décadas”  (http://edant.clarin.com/diario/2008/04/11/sociedad/s-03015.htm) . Así que ya lo sabe, si deben hacerle un examen de este tipo, pregunte, averigüe, y cerciórese de su necesidad o conveniencia antes de dejarse bombardear con radioactividad.

10 de agosto de 2011

A ejercitar nuestra libertad

Me han comentado, en relación al post anterior, el de la cabeza rota y el hospital-posta,  que no debo tocar esos temas porque "nada va a cambiar". Tal vez sí, tal vez no, pero la indiferencia, creo yo, es mucho peor.
Aquí un artículo buenísimo del chato Hildebrant, publicado en su semanario (Hildbrandt en sus trece) y en La República, super lúcido, como siempre, que da una gran luz sobre el tema. Sé bien que las elecciones pasaron ya, pero los problemas de base... eso siguen y tiene para rato.




LA VIEJA INDECENCIA     Por César Hildebrandt
Naces en este país hermoso y complicado y la primera sugerencia que te asalta es la del estoicismo: quédate quieto, tranquilo hermano, así es esta vaina, esto no lo arregla ni el sillau. Y se te puede pasar la vida haciéndote el de la vista gorda, haciéndote el loco y asistiendo con cara de palo a las grandes mecidas.



–Nada puedes hacer, esas son las reglas– susurra el aire tóxico de Lima.
–Esto no lo ha cambiado nadie– remacha una sombra, la sombra de lo que pudiste ser.
Me van a perdonar pero yo jamás creí en eso. Jamás hice el muertito en el mar de los sargazos de las voluntades, quebradas o roídas. ¿Por qué? Porque siempre creí que en el país de las cabezas gachas había que mirar lo más lejos que se pudiera. Porque viendo a las hormigas a uno le dan ganas de volar. Porque hay belleza en la rebeldía y una flácida fealdad en el conformismo.
Porque, en fin, siendo un viejo creyente del agnosticismo siempre he pensado que Jesucristo fue un hombre revoltoso asesinado por el orden imperante. Y que sin la rebeldía de Cáceres habríamos detenido nuestra historia en el mísero Iglesias. Y que sin la rebeldía de De Gaulle los franceses habrían tenido que arrastrarse junto a Petain, ese gran derechista pro nazi.
Mi generación ha fracasado. Pudimos tener a un refundador del país y construimos a García. Pudimos tener a un inconforme consagrado por las multitudes, a alguien que estuviese más impulsado por el amorque por el odio, pero nos detuvimos en Robespierre y en sus encarnaciones criollas.
Pudimos tener un país y lo que permitimos fue un mall. Ahora la pelota está en el tejado de los jóvenes. De ellos dependerá que este país cambie de verdad.
Hace como mil años que vivimos hablando en voz baja, consintiendo.
Hablamos bajito cuando los incas podían desollarte. Y más bajito cuando los españoles te podían trocear. Y todavía con murmullos cuando fuimos libres de boca para afuera pero súbditos de los sucesivos caudillos que creían que el Estado era un bien raíz y una chacra para los amigotes. Así fuimos haciendo esta gran Aracataca. Macondo hicimos.

Pensar era –y es– una anomalía. Disentir, una provocación. Rebelarse, una extensión de la locura. En un país dominado por la injusticia 
hablar de la injusticia te podía costar El Frontón. Y luchar contra ella, la vida.
Frente a un Túpac Amaru hubo cien Piérolas creando sus propios califatos. Porque el miedo a la libertad no es solo el título de un libro de Fromm. Es la consigna que la derecha le ha impuesto al Perú. Está en su escudo desarmado y en sus genes vendedores mayoristas de su propio país.
Todos roban –te dicen–. Y eso es casi una invitación a robar. Porque si todos roban, ya nadie roba.
–Aquí no hay castigos ni recompensas, todo se olvida– te muelen repitiéndolo. Y eso es otra incitación a la impunidad.
Lo criollo es también esta salsa espesa de quietud egoísta. Las verdaderas tradiciones peruanas no son las de Ricardo Palma: son decir sí y estar en la foto.
¿Exigir cambios? Eso es –dicen los que cortan el jamón y los idiotas de sus services– de chavistas, rojos, perfeccionistas, amargados y renegones. En el Perú la ira de los pobres se combate con misas o balazos y hay un estoico agazapado en cada futuro, detrás de la maleza de los días. Y cuando estemos lo suficientemente ablandados, vendrá el tiro de gracia. Y cuando venga el tiro de gracia, cuando ya no pienses sino en ti mismo y bailes solo en la loseta ínfima que te asignaron, ese será el día final de tu hechura: serás uno de ellos. Hablarás como ellos, maldecirás como ellos, venderás como ellos. Y, sobre todo, harás lo que ellos: negar al otro y sólo reconocerte entre los tuyos.
Que los jóvenes aprendan la lección. Nada cambiará si no matamos la resignación. 

Porque la democracia no consiste en votar de vez en cuando. Consiste en ejercer la libertad a cada rato.
Los esclavos no aman la libertad –esa es una mentira altruista–. Solo los libres pueden amar la libertad y defenderla.
La mansedumbre no es madurez sino derrota. El aguante es la amnistía crónica. La docilidad es lo que se les exigía a los negros carabalíes embarcados a la fuerza en el puerto de Macao. La libertad no mata. La paciencia es una mentira teologal que contradice a Cristo y que Cipriani aplica en cada hostia. Cristo fue impaciente. La vida es una ráfaga impaciente.

Los peruanos no nacimos un día en el que Dios estuvo enfermo, como decía Vallejo de sí mismo. Naceremos el día en que sepamos apreciar el vértigo creador de la palabra desacat
o. El desacato no es el caos. Caos es lo que vendrá cuando las presiones sociales, contenidas por el plomo y la mentira, revienten otra vez.
Y ahora sería un magnífico desacato, un descomunal acto de rebelión democrática o dejarse engatusar por quienes quieren, en el colmo de la indignidad, que premiemos a la hija de un ladrón y asesino –ladrona ella misma al gozar del dinero robado– con la presidencia de la República.
Y todo por cerrarle el camino a un señor que quiere cambiar algunas cosas. Solo algunas cosas. Un señor al que la experiencia ha moderado y que se ha comprometido a no hacer experimentos anacrónicos. Pero que sí quiere que las mineras paguen lo que deben, que los impuestos sean más directos, que los viejos estén menos desamparados, que haya menos hambre y que la pobreza rural se atenúe todo lo que se pueda sin desbaratar la economía. Y que quiere también que el gas peruano abastezca primero a los peruanos y que los grandes proyectos de exploración y explotación de la minería y del petróleo se concilien con los intereses nativos y las normas ambientales que no se están cumpliendo.
La derecha quiere volver a demostrarnos que siempre gana. Presentó cuatro candidatos –cuatro variaciones de la misma melodía: Castañeda, Toledo, PPK y K. Fujimori– y los cuatro perdieron. Ganó un hombre gris que propuso algunos cambios. Y lo peor: sale la primera encuesta pos primera vuelta y el hombre sin demasiados atributos ¡sigue ganando! Y sigue ganando porque Lima, este espanto, no es el Perú. Porque el gobierno de Las Casuarinas está en crisis. Porque el modelo García, una combinación de Caco con Friedman, drena sanguaza.
Entonces, la derecha propone liquidar, de una vez y para siempre, esta pesadilla que aturde al dólar, baja las acciones, hace chorrear el rímel. Para eso están su tele, su radio, sus periódicos. Y se deciden por lo previsible: la campaña del terror.
Solo el terror podrá salvarlos. Porque saben que su prontuariada candidata es impresentable aun para 75 por ciento de peruanos.
Lo único que cabe, entonces, es bombardear al incómodo reformista con todos los B-52 de la calumnia, el rumor, la mugre, la idiotez que los cándidos pueden propagar. El propósito es el homicidio político del hombre que propone algunos cambios. Y los muertos no pueden ganar elecciones.
Hablan de intromisión extranjera los que quisieran anexarse a los Estados Unidos o al Chile potente que sus tatarabuelos dejaron entrar con su cobardía y su desunión. Denuncian que la libertad de prensa peligra quienes despiden a periodistas que se niegan a sumarse al lodo de la campaña contra Humala. Y advierten que el empleo está amenazado quienes han creado la mayor cantidad imaginable de empleos basura y services explotadoras.
Y a todo esto le llaman “elecciones democráticas”. A ensuciar la inmundicia le llaman “debate”. Y no tienen problema alguno bancando a una candidata indecente. Ellos representan la vieja indecencia de las encomiendas, las ladronas leyes de consolidación, el festín del guano. La señora K. Fujimori les cae como anillo al dedo.
http://www.larepublica.pe/01-05-2011/cesar-hildebrandt-escribe-la-vieja-indencencia

9 de agosto de 2011

El Sistema de Salud está para enfermarse...

Después de una ausencia motivada por trabajo y una salud con altibajos, volvemos a la carga, aunque con siete puntos en la cabeza, luego de una estrepitosa caída que me dio pie para este post. 

Día miércoles en la madrugada (una de la mañana aproximadamente), me baja la presión al subsuelo, pierdo el conocimiento y me golpeo fuertemente la cabeza. Luego del shock inicial (no cuento los pormenores del trauma que tiene mi familia tras auxiliarme, por delicadeza) me llevan al hospital del seguro social (EsSalud) más cercano, en este caso, Albretch (en Trujillo, Perú). Ahí, luego de despertar al cirujano de Emergencia y vencer su resistencia inicial, me atiende y luego de coserme la herida me deriva rápidamente al hospital principal, Víctor Lazarte Echegaray, para la debida revisión por un neurocirujano (especialidad que no tiene ese centro asistencial) dado que era golpe en la cabeza, lo que fue una tranquilidad pues es el centro médico del Estado más equipado y recomendable en una emergencia.

Para quienes no sean de mi ciudad o país, debo decir que Trujillo es la segunda área metropolitana más poblada del Perú,  a la fecha debe pasar largamente el millón de habitantes, y está ubicada en la costa norte (http://es.wikipedia.org/wiki/Trujillo_(Per%C3%BA)#Poblaci.C3.B3n).
Volviendo al tema, llegué en ambulancia y me llevan a "Emergencia-Cirugía". Hasta ahí todo bien. El caso es que una "interna" (es decir, una estudiante que está haciendo su internado antes de graduarse de médico) me recibió y me dijo que estaba bien (debe tener dotes de adivina porque ni la presión me habían tomado) y que como no había neurocirujano de retén ni de guardia me tomarían placas radiográficas, una muestra de sangre y tendría que quedarme en observación hasta las 8:30 a.m. En ese punto imaginé que me darían una cama en algún sitio, sin embargo, el sistema era algo distinto. Me dieron una camilla y un pedazo de pared. Sí, un pedazo de pared. ¿Qué significa eso? Que la camilla en la que me habían atendido la sacaron del cuarto y la pusieron, muy pegadita a la pared, al lado de la puerta.... y ahí me dejaron. En un momento indeterminado me llevaron a Rayos X y en otro me tomaron una muestra de sangre… y sanseacabó.

Afortunadamente mi esposo había mandado traer de casa algunas mantas abrigadoras pues hacía mucho frío y cuando pedimos una frazada nos miraron como si hubiéramos pedido un unicornio, así que entre eso y una casaca gruesa (otra hecha un bollito hizo las veces de almohada) me abrigaron y... a esperar. Poco después alguien me tomó la presión y acabó con eso la "evaluación" del paciente. Como me sentía muy mal pedí un recipiente para un eventual “retorno” de mis alimentos (¿han visto que elegancia de eufemismo para no usar el verbo vomitar?). En poco pasé del dicho al hecho y mi primer envío se fue directo al mismísimo suelo. Luego llegó la popular “riñonera” elaborada con una botella plástica de suero a la que se le corta un lado y se usa, horizontal, como recipiente de fluidos (¿no hay un concurso de eufemismos en algún sitio?) y cumplió su labor.  Entre los efectos del golpe me sentía tan mal que me iba quedando dormida por momentos y no tenía fuerza ni para mirar alrededor, así que no he tenido conciencia clara del paso del tiempo como sí tuvo mi esposo, que se quedó conmigo de principio a fin, y que para poder descansar algunos minutos tenía que salir al patio de estacionamiento (a la intemperie, en medio del viento y la humedad de la noche) para poder sentarse en una silla, pues cuando estaba conmigo, en el pasillo,  tenía que estar rigurosamente de pie. Sólo me acompañó toda la noche el quejido lastimero de una anciana con Alzheimer que cada dos por tres lanzaba sentidos “Aaaaayyyyyy“,  como si la estuvieran destripando viva,  sólo consecuencia de su enfermedad mental y de que no hubiera otro sitio dónde ponerla que el mismo pasillo que compartíamos con otros heridos o enfermos admitidos por  Emergencia y que excedíamos la capacidad de camas de ese servicio que, evidentemente, ha colapsado hace mucho y debe reestructurarse de inmediato.

Felizmente dicen que todo llega al que sabe esperar. Llegó la hora anunciada, los médicos y enfermeras, practicantes y asistentes pululaban por doquier, el silencio nocturno (si no contamos los quejidos de mi vecina) fue reemplazado por el bullicio normal de todo centro hospitalario, y comenzamos a esperar la visita del galeno. Dieron las 8:30, 9:00, 9:30, 10:00 a.m. y el médico no se asomaba.  Un poco después de las 9:00 a.m. me habían “trasladado” (léase que mi esposo empujó mi camilla bajo la dirección de la enfermera de un sitio al otro) hasta una especie de pasillo más ancho y corto, en que sólo había cuatro camillas. Era, me imagino, el penthouse de las camillas. Ahí pude ver que ya cada lugar en el que se estaciona una camilla tiene un número y hasta un colgador permanente en la pared para el suero y demás accesorios, como si fuera una cama en un cuarto de verdad. A la hora de vaciar la vejiga tuve que usar mis mantas como “carpa” y cubrirme tanto como era posible para realizar mis necesidades lo más privadamente que se pudiera, lo que logré con el auxilio de la también muy popular “chata” y mi familia que fue una maravilla, como siempre. Con todo ese apoyo la primera vez fue difícil y la segunda casi un chiste. Como dicen los niños: “¡Papayita!”. Al menos en este ambiente no sentí pasar junto a mí cientos de personas a lo largo de la mañana ni sufrí la mirada curiosa e indiferente del público que por ahí transita con mil y un motivos, como sí lo sufrió el resto de pacientes que quedó en las camillas del pasillo.

Luego de convencer a mi esposo de que pelearse con el primero que se asomara, como era su intención, no tenía mucho  de ganancia, se fue en busca de un médico o al menos una respuesta más allá de la “hay que esperar al doctor” que las enfermeras repiten como jaculatoria. A su regreso me enteré que no había neurocirujano hasta la una de la tarde, porque el único que estaba de turno estaba operando. Debo añadir que en mi situación había cuatro pacientes más, esperando por una evaluación, un diagnóstico o al menos  una muestra de compasión. Cuando el cirujano me evaluó y determinó que si resistía el alimento podían darme de alta para atenderme luego por consultorio, respiré aliviada y me dispuse a esperar el almuerzo. Eran las dos de la tarde y tenía algo de hambre. Pese a que me había indicado “dieta completa” un rato después sólo recibí una taza de caldo con fideos y una mazamorra de maicena y un lejano sabor a manzana, que debí sostener en las piernas pues las bandejas metálicas eran para los afortunados que podían recibir algo que se pudiera masticar (y que aprovechen porque dentro de poco la comida la servirán en riñoneras re-recicladas).

Cuando fui al único baño para esa área, para cambiarme la piyama y salir un poco más decente, al menos con zapatillas y un jean, pude ver cómo los pasillos donde dejé pacientes en la madrugada se habían hacinado totalmente y era hasta difícil caminar. Ancianos,  jóvenes y adultos, todos aquejados de males diversos yacían en ambas paredes del pasillo como si fueran víctimas de un desastre natural o un accidente masivo. Pero no había tal. Todos éramos trabajadores que aportamos al seguro social puntualmente y cuando requerimos su participación, tenemos una atención que a duras penas se puede llamar así. En el baño, por su parte, maloliente y descuidado, se veían un gancho de alambre que colgaba de un cable de luz  desprendido del techo ex profeso para colgar de él a su vez los frascos de suero de los pacientes mientras se ocupan de sus menesteres. No sigo porque para muestra basta un botón.

Yo sé que a nadie le gusta estar en un hospital, pero años atrás, hablemos por ejemplo de antes de que llegara el recién saliente gobierno aprista del “Gordo vago”, por no ir más lejos,  ese centro hospitalario era un hospital, con deficiencias como todo servicio público del tercer mundo, pero no una gran “posta” como es ahora, en la que abunda el sufrimiento y la indiferencia. Sé por fuentes cercanas que los médicos ya no saben qué hacer pues trabajar en esas condiciones no sólo es desesperante y deprimente para los pacientes, sino que les resulta demasiado estresante a los mismos profesionales de la salud, que reciben las quejas pero no tienen salida que ofrecer, pues su labor diaria pasa por una serie de limitaciones mucho más importantes para la vida y la salud, como es el caso del instrumental, los insumos, los materiales de cirugía, el personal  y otros aspectos que determinan de forma directa la recuperación de un paciente o su penuria y agravamiento, con posterior muerte en muchos casos. Cuando se anuncian huelgas de médicos del sistema de seguridad social o de salud pública, siempre pensé que era un extremo de profesionales que aprovechan para mejorar su sueldo. Creo que después de lo vivido no podré pecar de semejante ligereza y me interesaré más en el tema.

Realmente fue un alivio que me dieran de alta. Ojalá el nuevo gobierno que ha llegado al país pueda también curar al sistema de salud pública y luego de un tiempo le dé de alta, entregándonos uno que nos permita curar y no que nos enferme de sólo verlo.