21 de febrero de 2011

Entre la discriminación, el racismo, la homofobia...

La discriminación es, posiblemente, una de las agresiones que marca de forma más profunda al ser humano, aunque tal daño no deje huellas externas. Creo que todos, de una u otra forma, nos hemos sentido discriminados en algún momento por alguna circunstancia, sea económica, social, racial, o incluso grupal, lo que sucede mucho en la infancia: “tú no eres de nuestro grupo”. Sin embargo, lo que para muchos es algo que se supera con el tiempo y la madurez, para un gran número de seres humanos, aquí y en la China, impide el desarrollo de una autoimagen libre y dispuesta a la felicidad, relegándola a vivir esclavizada del dolor amarrado al recuerdo de la vejación sufrida.

En nuestro país, la discriminación racial es en pleno siglo XXI una práctica predominante, aunque se diga que es un tema superado, y si bien maquilla su rostro y sale a la calle vestida a la moda, sigue vivita y coleando.  Con el compañero del colegio, con la empleada de la casa, con el cobrador del micro o con el maestro, incluso, las prácticas  que buscan hacer sentir mal al otro por un tema de color (unido o no a lo socioeconómico) son un arma poderosa que usan muchas personas, concientes de lo que hacen o amparados por una especie de “permisividad social” que 
dice que lo que es práctica habitual ya no es pecado.

Jorge Bruce, reconocido psicoanalista y estudioso del tema, además de un prolífico y ameno escritor, ha ahondado en la capacidad discriminatoria que tenemos los peruanos y en cómo nos herimos entre nosotros tratando con ello de sobresalir un poquito sobre el otro, aunque todos seamos cholos, alguno logra serlo un tanto menos  haciendo que el otro lo sea un poco más. Una mezquindad que ayuda a entender por qué con tantos recursos no salimos del subdesarrollo (además, claro está, de una clase política paupérrima, una corrupción adherida a las bases de las instituciones, la carencia de un plan país de largo plazo, etc.). 

En una entrevista Bruce explica algo que a veces pasa inadvertido: ¿ por qué las víctimas no protestan y tratan de revertir la situación? Al respecto afirma que “en términos psicoanalíticos (la discriminación) fija el pensamiento, lo ancla y no permite darle una mirada diferente que aporte fórmulas de salida, porque no se trata de voltear la tortilla, ni de negar la existencia del racismo, sino más bien de encontrar la manera de tolerarnos, en el sentido de soportarnos si es necesario, pero respetando los derechos y cumpliendo los deberes. Pero mientras no haya sanción esto no va a funcionar, ya que el primer insulto que uno escucha en la calle es el insulto racista, que es el que más hiere, y mientras no nos demos cuenta del daño que produce, viviremos repitiendo una y otra vez los mismos modelos que heredamos de nuestros padres” y que, probablemente, pasaremos a nuestros hijos.

La segregación racial o racismo no sólo sobrevive entre nosotros sino que es alimentada de forma estúpida por quienes creen que no es un problema porque no les afecta o porque son tan miopes  que ven la punta del iceberg y creen que es todo lo que hay, sin imaginar lo que se esconde bajo el agua.  ¿Se acuerdan del lío por el personaje de la Paisana Jacinta, por ejemplo? Casos así hay muchísimos en nuestros programas de televisión, cosa que, como apunta Bruce, en otros países no sucedería jamás.  

Otro aspecto del tema que años atrás no llamaba tanto la atención hoy cobra especial protagonismo, y es el tema de la discriminación sexual, no tanto alineada hacia el género como al tema de orientación: hétero u homo. Es un tema que desencadena debates apasionados pues afecta un elemento básico de nuestra naturaleza (nuestra autoimagen) y la seguridad que de ella tenemos, y que nos permite un determinado desenvolvimiento en la sociedad.

Rocío Silva Santisteban, en su Kolumna Ocupa del pasado domingo en el diario La República (http://kolumnaokupa.lamula.pe/2011/02/20/el-asco-al-maricon/), desarrolla una explicación de por qué son tan repudiados los homosexuales (hombres y mujeres) pero, más allá de la teoría expuesta, diserta sobre la gravedad de la falta cometida por la fuerza pública, manifiestamente homofóbica, que semanas atrás atacó a un grupo de homosexuales que realizaba una actividad pacífica besándose en público como una llamada de atención a la sociedad sobre sus derechos. En la parte final de su artículo, Santisteban dice que  las autoridades, de diverso nivel, al dirigir este tipo de acciones “no se dan cuenta de que están echándole gasolina a la perversión. Porque ser perverso no es ser libre en el ejercicio de su sexualidad, sino permitir que el odio se instale en nuestras vidas y que el ejercicio de la violencia sea la forma de limpiarse de un asco incontrolado por temor, en el fondo, a que uno mismo sea maricón/lesbiana”.      

Al parecer, tenemos que hacer un espacio en nuestras reflexiones personales para revisar cómo estamos respondiendo a estos temas, pues queda evidente que lo importante no son las ideas en las que creemos, que es la siempre frágil teoría, sino  las acciones que tomamos, pues es en la práctica dónde se  prueban las convicciones y se demuestra la verdad de lo que el corazón siente. 

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6 de febrero de 2011

¿Dónde está la felicidad?

Después de haber dejado un trabajo que amaba, pero que dejó de ser estimulante, aunque económicamente era bueno, pasé a uno espectacularmente estresante, aunque me daba muchas satisfacciones. El trabajo era bueno pero mi stress se elevó muchísimo, y mi vida se volvió algo  muy angustiante. Ese cambio me permitió analizar mi decisión anterior y ver que había sobrevalorado la necesidad de autorealización, pues cuando el stress domina tu vida, te hace valorar la calma y la quietud. Pero cuando el dinero falta todo parece menos importante.   
Dejé el stress y hoy trato de  mantenerme con una actividad independiente,  de la que ya no espero placer ni disfrute sino sólo un ingreso sostenido y suficiente, sin embargo tiene una relativa cuota de tensión y aún aporta sólo una pobre recompensa material. De hecho nace una reflexión que me lleva a la pregunta: ¿Qué debe hacerme feliz?
Muchas personas realizan diversas labores sin que su realización personal se vea comprometida, sólo es un modo de ganarse la vida, y su disfrute personal es ajeno a ello, sin embargo eso parece no poder sucederme a mí. ¿Es así para todo el mundo? El tener a mi familia sana, creciendo a mi lado, sería suficiente para muchos, pero parece que no me alcanza. ¿Existe una pastilla para que eso cambie? 
En escritos que abundan, tanto en libros como en la red, se motiva a la gente a luchar por  “sentirse realizada” haciendo lo que a uno le gusta y con la obligación de perseguir sus sueños contra todo y todos. Sin embargo pareciera un privilegio reservado a unos pocos, como una casa con piscina. A veces me parece que la tan promocionada “autorealización” es sólo una utopía, una ilusión, de la que sólo hablan actores famosos, artistas, científicos ilustres y uno que otro fanático del trabajo que termina dueño de un emporio. ¿Es así? ¿Es correcto aspirar a desarrollar una actividad no sólo porque me provea de alimento sino porque justifique mi vida o mi forma de ser o sentir?  
¿Es la felicidad la autorealización, sea ella lo que  cada quien supone que debe ser?
Se supone que poder realizar una actividad lo más cercana posible a nuestros gustos, aspiraciones y capacidades es un medio de realización, pues nos ayuda a caminar hacia la superación y, en última instancia, hacia la trascendencia. Sin embargo también está la parte material, y no siempre ambas cosas vienen juntas. Tal vez en sociedades desarrolladas se pueda tener un empleo sencillo y poder sentirse bien y tener la capacidad de dar de comer a tus hijos y mantener tu hogar, pero no es así en todas partes. ¿Eso es todo? ¿Un tema de primer y tercer mundo?
Tal vez todo esto no es más que una búsqueda sin fin de algo que no existe, de un engaño de grupos de poder, para ilusionarnos con un sentido que no existe pero nos permite seguir avanzando.
Sigo en el vacío, sin entender, sin lograr nada, como si al haber visto la punta del iceberg se hubiera roto la ilusión y todo se desintegrara ante mis ojos. Sólo sigo avanzando en la vida y... cada vez entiendo menos. 

2 de febrero de 2011

Fujimori en el Paraíso (por César Hildebrandt)


No suelo escribir o publicar artículos de política, salvo excepciones que lo ameriten. Una de ellas es este artículo de César Hildebrandt, que tiene méritos de sobra. Como siempre, se reciben comentarios


Escucho a Alberto Fujimori describir su paraíso de opio y compruebo que gente como él sólo puede prosperar en un país que tiene a un 40 por ciento de ciudadanos a los que les da lo mismo –lo dicen reiteradas encuestas- si los rige una democracia o una dictadura.

O sea que en el Perú hay un 40 por ciento de ciudadanos que casi aspiran a no ser ciudadanos y que quieren ser, a veces con fervor, vasallos tristes y alegres siervos de la gleba.

Detrás del Fujimorismo está la capacidad de sumisión y la arrolladora ignorancia que lastiman el alma del Perú.

Escucho a Fujimori y me digo que si hubiera géiseres de cinismo sonarían como su voz.

Habla de coraje el hombre al que le temblaba la voz cuando se dirigió a buscar refugio en la embajada del Japón la noche del fallido golpe del general Salinas Sedó.

Habla de honor el hombre que emputeció a la Fuerza Armada, hizo del Congreso un chiquero, suprimió el orden constitucional, desconoció su firma y hasta su huella digital con tal de no pagarle una deuda a la madre de sus hijos.

Habla de orgullo de sí mismo el sujeto que quiso ser senador japonés para obtener la inmunidad que lo librara del alcance de la ley.

Habla de responsabilidad el hombre que llenó 45 maletas de videos, dinero y botines diversos, tomó el avión presidencial y pasó de Brunei a Tokio, donde pidió asilo y desde donde renunció por fax a la presidencia de la República.

Habla de amor por la patria el jefe de una banda que saqueó las cuentas del tesoro público por un valor que los más conservadores estiman en dos mil millones de dólares.

Habla del veredicto de la historia el sujeto que estaba pescando en Iquitos cuando la policía de la Dincote, sin ninguna ayuda de Montesinos, capturó a Abimael Guzmán, el hombre que huyó del país tras descubrirse cómo es que Montesinos compraba esos congresistas que hoy deben estar frotándose las manos.

Qué patético pobre diablo es Fujimori. Se atribuye todos los poderes para las cosas que salieron bien y se pinta como un presidente disminuido, desinformado e irresponsable cuando le mencionan los asesinatos que cometían los criminales a los que él felicitaba, ascendía y amnistiaba.

“Yo era comandante de la Fuerza Armada en el sentido en que un entrenador de Fútbol comanda al equipo”, dijo ayer destilando la esencia de su legendaria cobardía.

O sea que debemos alabarlo por haber “comandado” las Fuerzas Armadas que derrotaron al senderismo, pero debemos exonerarlo de toda responsabilidad cuando esas mismas Fuerzas Armadas mataban ancianos, niños y mujeres en las alturas de Ayacucho.

Debemos agradecerle el haber sacado al país de la crisis económica en la que nos hundió Alan García –quien hizo tanto para que Fujimori lo sucediera-, pero tenemos que olvidar que con él todos los derechos del trabajador fueron abolidos, todo asomo de equidad fue perseguido, toda corrupción en el proceso de las privatizaciones fue posible.

Tenemos que decirle gracias por la paz con Ecuador –Tiwinza incluida, derechos de navegación ecuatorianos en ríos peruanos incluidos- pero no podemos recordarle su repugnante papel en la derrota peruana del Cenepa, cuando nuestros soldados carecían de logística, comunicaciones y, en muchos casos, de rancho y de zapatos.

Debemos ser gratos con su régimen porque “refundó el país” (Fujimori dixit), pero tenemos que olvidarnos de que quince de sus ministros o están presos o están con orden de captura por ladrones.

Debemos ser Fujimoristas por las escuelas que sembró el Fonades, pero no debemos evocar la prensa inmunda que él creó para ensuciar a sus adversarios y, seguramente, “elevar el nivel cultural”.

Este demócrata que cerró el Congreso, este honrado que permitió la rapiña más grande de la que se tenga noticia, este ciudadano ejemplar que convirtió a un edecán en fiscal para entrar a robar maletas en la casa de Trinidad Becerra, este hombre decente que tuvo como socio a Montesinos, este estadista al que defienden sujetos como Saravá, este ángel que vivió entre alimañas, este hombre ejemplar que dio un golpe de Estado cuando su esposa, en un rapto de bendita locura, denunció los asaltos de la hermana Rosa y del cuñado Aritomi a la caja de Apenkai, este probo encubridor de Miyagusuku, esta vergüenza que grita lo que lee y juega con la voluntad de olvidar de los peruanos, este señor Fujimori, en suma, sigue siendo exactamente el mismo miserable que la miseria moral adora y hace suyo.

El secreto de Fujimori es que ha convertido en socialmente exitosos los peores vicios de la “peruanidad”: la crueldad en el tumulto, el cinismo como método y, sobre todo, la cobardía elevada a la categoría de función vital.


El triunfo de Keiko Fujimori, de darse, será el resumen vistoso de la tragicomedia nacional y una prueba de que hay países económicamente pujantes y moralmente inviables.




Mayor info:http://www.diariolaprimeraperu.com/online/columnistas/fujimori-en-el-paraiso_36016.html