Muchas veces vamos por la vida y encontramos situaciones y personas que se nos muestran como una puerta a un mundo diferente y desconocido. Entonces, de sólo mirar por el umbral todo nuestro panorama y hasta nuestra cosmovisión cambia por completo.
En una reciente experiencia hospitalaria en la cual acompañaba a mi hija, que estaba internada, tuve esta particular vivencia, conociendo y compartiendo con personas que dejan de lado su vida propia para “mudarse” al hospital donde permanecen día y noche, en la espera de poder ingresar a ver a su familiar y decirle algunas palabras de aliento al oído, o recibir la noticia nefasta y estrechar su mano en el momento final. Su capacidad de sacrificio me sobrecogió y me puso en contacto con una realidad que debe ser familiar para muchos pero era inexistente para mí.
Para no hacer de esta entrada algo muy tedioso, sólo compartiré mi recuerdo de dos de estas personas.
Nora
Al momento de conocerla llevaba más de dos años acompañando a su hija, quien hace cinco padece una enfermedad verdaderamente devastadora: Esclerosis Lateral Amiotrófica, más conocida como ELA. Éste es un proceso degenerativo que va paralizando todos los músculos del cuerpo, reduciendo al paciente a un estado de conciencia mientras sólo puede mover los ojos. Su “paciente” (así se refieren hacia las personas a quienes “cuidan”) tenía familia, esposo e hijos, que sufrían mucho por el estado de salud, irreversible, de esta mujer, pero es ella, su madre, quien asumió voluntariamente la tarea de acompañarla en el tramo más difícil, el de la inmovilidad total que impide el habla y hasta la respiración, por lo que el internamiento es forzoso para darle las atenciones necesarias.
















