El hombre era muy extraño y tal vez por eso me intrigaba. No miraba a nadie en particular pero a la vez movía sus ojos constantemente, sin enfocarlos en ninguna parte, mientras recitaba una especie de monótono parlamento en el que pedía caridad. Sin embargo miraba directamente al rostro cuando alguien se le acercaba, aunque en realidad sólo fueran personas que querían pasar delante de él por la vereda en la que se encontraba, obstaculizando el paso, de pie frente a la entrada de la pequeña estación del bus, la misma donde yo esperaba para ir de vuelta a mi ciudad y mi hogar. Aunque voy una vez al mes a Pacasmayo y uso la misma agencia de transportes, nunca antes lo había visto.
“A ver quiénes deseen ayudarme, los que quieran aportar, los que desean ayudar… a ver quiénes deseen ayudarme, los que quieran aportar…”. Era un monólogo continuo, incasable, que repetía sin ton ni son aún cuando nadie, absolutamente nadie, parecía hacerle caso en lo absoluto. Joven y con una barba de dos días, se paraba muy erguido sobre zapatillas de lona limpias pero muy gastadas, sosteniendo una arrugada bolsa de caramelos con una mano mientras introducía en ella la otra, hurgando en las golosinas casi como un reflejo, como haría un muñeco de cuerda, moviendo los dedos un poco para luego volverlos a sacar para extender otra vez la mano, implorando ayuda... y vuelta a empezar.
